miércoles, 13 de febrero de 2013

PROMOVER EL ESTATUS PROFESIONAL DE LOS DOCENTES



PROMOVER EL ESTATUS PROFESIONAL DE LOS DOCENTES

"El docente vive la contradicción de un profesional desprofesionalizado, o dicho de otra forma: se enfrenta a unas expectativas de las que se suprimen las condiciones de profesionalidad"


La sensación de maltrato profesional y laboral de los docentes es una expresión constante en las reuniones que habitualmente mantengo con docentes de educación secundaria. Son profesores modélicos, que siguen interesados en la innovación y la formación, pero que manifiestan su incomodidad con el trato que reciben de las administraciones o de sus patronales. Parece evidente que se está produciendo una pérdida de autoestima profesional en buena parte del profesorado, que es sensible e interioriza, sin duda amplificándola, una indiferencia social sobre su tarea.

Una de las más graves interferencias en el ámbito de la profesionalización se produce en el campo de la asignación de las tareas que se les encomiendan. Si no existe un acuerdo básico, claro, sobre las funciones que les son propias, su vida profesional estará llena de ambigüedades, de imprecisiones y de frustraciones, difíciles de superar. Los docentes corren el peligro de convertirse en profesionales sin profesión. 

El profesor se halla inmerso en un proceso que apunta en dos direcciones bien delimitadas: una sobreabundancia (por acumulación) de funciones y una deslegitimación para asumirlas como cometido profesional propio. El resultado es esa imagen del profesor de nuestros días, agobiado por múltiples y variadas tareas (no pocas de ellas estrictamente burocráticas), e inseguro de lo que hace en cada una de las mismas. No en vano, la escuela aparece cada vez más como una institución residual: a ella parece confiársele, si bien no del todo, aquello que para otras instituciones resulta ser poco relevante. Con lo cual, la del profesor acaba siendo una profesión a la expectativa.

La cambiante atribución de competencias, especialmente aguda en momentos de modificación del sistema productivo, la variación de las organizaciones que asumían responsabilidades de educación moral y cívica y la alteración de la dinámica cultural, por la intervención masiva de los medios de comunicación, convierte el universo educativo en un mar sometido a flujos y reflujos. El profesor asiste perplejo a los sucesivos oleajes de demandas sociales.

¿A qué me dedico?, se pregunta el profesor. ¿Hasta dónde llegan mis posibilidades en un ámbito, el de la racionalidad material, que tradicionalmente se ha adquirido a través de la comunidad? ¿Cómo es posible intervenir frente a los poderosos instrumentos capaces de crear, controlar e imponer una opinión pública en asuntos de preferencias en temas de valor?

El profesor autónomo y responsable, primer rasgo de la profesionalidad, es opuesto al profesor funcionario o empleado, sometido a un aparato administrativo o empresarial, que regula todas sus atribuciones y al que está supeditado. Parece que lo único importante que se le pide es que sus alumnos tengan buenos resultados en las evaluaciones de rendimiento escolar. Muchos desajustes personales, muchas disfunciones docentes nacen de estas situaciones, que, por supuesto, no tienen el mismo impacto en todos los niveles en los que el profesorado está dividido.

No  acaban aquí los desequilibrios que repercuten en el malestar docente que dificultan el ideal del profesionalismo y que perturban su actividad. La extracción social del profesorado, la feminización del colectivo, la degradación del sus condiciones laborales, la ruptura de las tradiciones corporativas, la ausencia de mecanismos justos de evaluación del rendimiento, los criterios de acceso a los cuerpos docentes (nivel de las pruebas y el rango de los conocimientos exigidos), etc. son elementos sintomáticos que demuestran la existencia de distintos factores que pueden servir para explicar el problema.

El docente vive la contradicción de un profesional desprofesionalizado, o dicho de otra forma: se enfrenta a unas expectativas de las que se suprimen las condiciones de profesionalidad. Por ello, el momento no es el más idóneo para exigir nuevas demandas, y menos en un contexto en que se está produciendo un empeoramiento de sus condiciones de trabajo.

Un camino de solución pasa por producir una redefinición de su estatus profesional, basándose en los tres elementos: autonomía, implicación y voluntariedad. Si este proceso se produce de manera suficiente, se reorganizará la corporación profesional, lo que puede suponer que el colectivo docente articule un discurso propio que, seguramente, rechazará (o no), de manera racional y argumentada (y no como ahora), las propuestas normativas de ordenación que producen las administraciones, las dominantes y desprestigiadas opciones psicopedagógicas impuestas retóricamente años antes y que parecen ser la única verdad didáctica, la forma de tomar las decisiones en la programación, el tratamiento didáctico de los diferentes grupos de alumnos y alumnas, etc.

Es imprescindible, desde mi punto de vista, profesionalizar al máximo la función docente y combatir las pasadas y presentes aventuras arbitristas de las administraciones.  Esta dirección constituirá un elemento clave que permita aportar energía y crear nueva cultura pedagógica para una verdadera transformación de la educación.  O, como mínimo, para insuflar un mayor grado de ilusión y de protagonismo del profesorado para poder llevar a cabo la interesante y gratificante profesión de enseñar. Sin el profesorado no hay cambio posible.

Joaquín Prats
Publicado en Escuela 14 de febrero de 2013

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