sábado, 28 de marzo de 2020

EL PEATÓN de RAY BRADBURY (relato para estos días)


EL PEATÓN

Relato de RAY BRADBURY



Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
—Hola, los de adentro —les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras—. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
—¿Qué pasa ahora? —les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera—. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
—Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva! Mead se detuvo.
—¡Arriba las manos!
—Pero... —dijo Mead.
—¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
—¿Su nombre? —dijo el coche de policía con un susurro metálico. Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres. —Leonard Mead —dijo.
—¡Más alto!
—¡Leonard Mead!
—¿Ocupación o profesión?
—Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
—Sin profesión —dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja. —Sí, puede ser así —dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
—Sin profesión —dijo la voz de fonógrafo, siseando—. ¿Qué estaba haciendo afuera? —Caminando —dijo Leonard Mead.
—¡Caminando!
—Sólo caminando —dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara. —¿Caminando, sólo caminando, caminando?
—Sí, señor.
—¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
—Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
—¡Su dirección!
—Calle Saint James, once, sur.
—¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
—Sí.
—¿Y tiene usted televisor?
—No.
—¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
—¿Es usted casado, señor Mead?
—No.
—No es casado —dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas. —Nadie me quiere —dijo Leonard Mead con una sonrisa.
—¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
—¿Sólo caminando, señor Mead?

—Sí.
—Pero no ha dicho para qué.
—Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
—¿Ha hecho esto a menudo?
—Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.
—Bueno, señor Mead —dijo el coche.
—¿Eso es todo? —preguntó Mead cortésmente.
—Sí —dijo la voz—. Acérquese. —Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par—. Entre.
—Un minuto. ¡No he hecho nada! —Entre.
—¡Protesto!
—Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
—Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
—Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... —dijo la voz de hierro—. Pero...
—¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
—Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
—Mi casa —dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

FIN



Título Original: The Pedestrian © 1951. Digitalización, Revisión y Edición Electrónica de Arácnido. Revisión 3.

domingo, 1 de marzo de 2020

MARIO BUNGE, EL SABIO MODERNO



MARIO BUNGE, EL SABIO MODERNO


Joaquim Prats (Catedrático de la Universidad de Barcelona)

“El sabio moderno, a diferencia del antiguo, 
no es tanto un acumulador de conocimientos
 como un generador de problemas” (Mario Bunge)

Mario Bunge falleció en Montreal el martes 25 de febrero a la edad de 100 años. Hace poco tiempo, este importante físico, filósofo, epistemólogo y escritor respondió con humor cuando se le preguntó por el secreto de su longevidad: “La receta es mantener ágil el cerebro. Si uno deja de aprender, el cerebro deja de funcionar. También es importante no fumar, no beber alcohol, no hacer demasiado deporte y no leer a los postmodernos”.




Como se deduce de su respuesta, Bunge fue totalmente enemigo de lo que consideraba el gran obstáculo para la creación de conocimiento: el pensamiento postmoderno. No era el primero en denunciar el desmantelamiento de las ciencias sociales y los desatinos y logomaquias de muchos gurús del postmodernismo. Se alineaba en esta posición con otros críticos como Noam Chomsky, Eric Hobsbawm, George Steiner, Umberto Eco y, sobre todo, con Alan Sokal físico que se alarmaba ante la “difusión de las teorías postmodernas que, aunque no influirían para nada en las ciencias naturales, ya que nunca les harán caso, si en las ciencias sociales”. ¡Y así fue!  

Muchas disciplinas sociales que se estaban construyendo sufrieron los embates de los corifeos de Lacan, Braudrilland, Kristeva, Feyerabend, con su anarquismo epistemológico, y otros. En muchos ámbitos postmodernos se daba por supuesto que las teorías científicas eran meros mitos o narraciones, y que los debates científicos se resolvían mediante la retórica y la formación de coaliciones, siendo la verdad sinónimo de “acuerdo intersubjetivo". Estos autores, con su “pedante artificiosidad” y el deliberado abandono de la ciencia social como “conocimiento” objetivo, fueron el blanco de Bunge que se convirtió en un ariete contra esas formas de entender la ciencia.

Mario Bunge ha sido el gran adalid, casi combatiente, en pro de la defensa de la posibilidad de un conocimiento objetivo en las ciencias que estudian la sociedad. Su principal argumento es muy claro:  el calificativo de científico de un determinado conocimiento no viene dado por la exactitud e inapelabilidad del resultado conseguido en un proceso de investigación. Su condición de científico se deriva del tipo de camino que se ha trazado para conseguirlo, es decir, por la aplicación de un proceso heurístico que esté universalmente aceptado como el hegemónico. Con esta definición general del conocimiento científico es totalmente defendible que las investigaciones sobre la sociedad atesoren la condición de científicas.




A partir de esta idea repartió ácidas críticas, en ocasiones auténticos mandobles, a lo que denominaba en su argot argentino, “macanas”, es decir, disparates, tonterías y mentiras. En el libro: “Las Pseudociencias ¡Vaya Timo!” (2014) lo deja claro: La superstición, la pseudociencia y la anticiencia, señala Bunge, no son basura que pueda ser reciclada: se trata de virus intelectuales que pueden atacar a cualquiera hasta el extremo de hacer enfermar toda una cultura. ¿Cuáles eran las formas contemporáneas de superstición?: “Unas pertenecen al oscurantismo tradicional: fundamentalismo religioso, ciencias ocultas, homeopatía, psicoanálisis (el “psicomacaneo” como él lo define)., etc. Otras al “oscurantismo postmoderno: “pensamiento débil”, retorismo, construccionismo, existencialismo, y la filosofía femenina que considera la ciencia, y en general la racionalidad y la objetividad, como “falocéntricas”. Con estas frases se expresaba Bunge en su lección como doctor Honoris Causa en Salamanca, una de las veinte universidades que lo habían investido con este honor.

Bunge no hacía solo aceradas críticas a los que consideraba responsables de propagar los “virus intelectuales”. Gran parte de sus escritos hacían propuestas positivas y concretas de cómo mejorar la sociedad a través de la promoción de la ciencia. En “Cómo criar y cómo matar la gallina de los huevos de oro” desgrana con ironía los conceptos de excelencia y relevancia de la ciencia para preguntarse, finalmente, cuál es el objeto de la política científica. En este famoso discurso y otros escritos defiende que la solución al atraso de América Latina es la apuesta por la educación y por la investigación.  Para ello, los gobiernos deben fomentar la ciencia básica para alimentar la técnica, invertir más en la investigación y desarrollo, promover la enseñanza a estudiantes de forma gratuita, y que las universidades se preocupen más por el conocimiento y menos por el dinero.

Expresa Bunge con estas ideas su histórica preocupación por la política y el bien común, ligada siempre a su ideal educativo. En su juventud, Mario Bunge, muy posiblemente influido por la figura y la acción política y social de su padre, un congresista de ideas socialistas, escribió una obra titulada “Temas de Educación Popular” (1943) auténtico plan de acción para la creación de escuelas para la formación de obreros y clases populares en general. En su Argentina natal propone una línea de educación técnica diseñando un modelo de centro con todo lujo de detalles. Esta obra predice una posición que se mantendrá a lo largo de los años en las que puede deducirse un modelo de educación no elitista, eficiente y ligado a las necesidades sociales que lo enmarcan.  

Cuando publicó su libro “Filosofía y Política solidaridad, cooperación y democracia integral” (2009), aportó una serie de conocimientos académicos, tanto de filosofía de la ciencia, como de su trayectoria personal. Crecer en Argentina "fue una buena experiencia", cuenta Bunge. "Fui puesto en la cárcel dos veces, no tuve documentos de identidad durante 20 años, (…) en realidad he estado escribiendo este libro toda mi vida”. Aunque para Bunge la política no es una ciencia sino una actividad, valoraba la acción política como un elemento decisivo en el ámbito del progreso llevado de la mano de la ciencia y la cultura.

Un tercer aspecto a destacar es su altura como filósofo de la ciencia, como epistemólogo y como metodólogo. Sus diferencias con Popper, Hayek y, sobre todo, con Kunh lo sitúan en un lugar destacado en el debate sobre la ciencia en la segunda mitad del siglo XX. De sus más de 400 artículos y cincuenta libros hay uno que debe ser citado por ser un clásico en la formación de investigadores, sobre todo de las ciencias sociales. Se trata de “La investigación científica, su estrategia y su filosofía” obra publicada en 1969 que tradujo de manera magistral Manuel Sacristán. “La investigación…” sigue siendo, tras innumerables ediciones, una obra de referencia. 

La idea fundamental que subyace es la descripción del método científico, que no debe considerarse como una lista de recetas para dar con las respuestas correctas a las preguntas científicas, sino el conjunto de procedimientos por los cuales se plantean los problemas científicos y se ponen a prueba las hipótesis.





Mario Augusto Bunge ha sido, posiblemente, uno de los filósofos de la ciencia más importantes del siglo XX. Podría definirse como un materialista, un realista, un sistemista y, sobre todo, como un cientificista. “La acusación de cientificista me enorgullece, dice Bunge. El cientificista es un tipo que sostiene que todo lo cognoscible se puede conocer mejor utilizando el método científico en lugar de la improvisación o de la especulación desenfrenada”.

Es una suerte que lo estafaran cinco veces cuando intentó comprar, en otras tantas ocasiones, unas propiedades (“estancias”) en la Pampa argentina. Como dijo en la UBA durante el acto de presentación de su libro autobiográfico: “Entre dos mundos” (2014), “se perdió un estanciero más y  me tuve que dedicar a la física teórica”. ¡Menuda suerte tuvimos!

Publicado en: LETRA GLOBAL. 1 de Marzo 2020.

Web artículo publicado: https://cronicaglobal.elespanol.com/letra-global/cronicas/mario-bunge-sabio-moderno_322889_102.html



viernes, 4 de octubre de 2019

IMÁGENES DEL IX SIMPOSIO INTERNACIONAL DE DIDÁCTICA DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN EL ÁMBITO IBEROAMERICANO





VARIAS IMÁGENES DEL IX Simposio Internacional de Didáctica de las Ciencias Sociales en el Ámbito Iberoamericano Organizado por el grupo DHIGECS y el IDP (ICE) DE LA Universidad de Barcelona. Hoy, 4 de octubre, hemos clausurado el evento con una visita a la arquitectura modernista del el Hospital de Sant PAU.

Se han inscrito más de 150 asistentes de 15 países europeos e iberoamericanos y representantes de más de 28 universidades. El Grupo DHIGECS de la Universidad de Barcelona viene organizando estos Simposios desde el año 2001.




En esta edición, han participado como conferenciantes o ponentes: Jean Bricmont (profesor Universidad de Lovaina, Nicholas James (Director de Estudios en Antropología Social al en la Universidad de Cambridge), Terrie Epstein (profesora de la Universidad de Nueva York), Roberto Fernández (catedrático de la Universitat de Lleida), Ricard Huerta (catedrático de la Universitat de Valencia), Mário Nuno (director del *ICOM Portugal), Ramón López Facal (professor de la Universidad de Santiago) , Fernando Trujillo (catedrático de la Universidad de Granada), Lydia Lydia Sanchez, Joaquín Prats y Joan Santacana, ( los tres de la UB) entre otros muchos ponentes como Concha Fuentes (UB), Alba Ambros (UB), Rodrigo Salazar (U. Bio BIO), Jorge Ortuño (UMU), Ricard Huerta (UV), Gloria Glòria Jové (UDLL), Ilaria Bellati y Isidora Saez (UB) etc.




Los temas del Simposio han sido:
- Innovación, investigación y pseudociencia. Reflexión sobre el estatus científico de la investigación en el ámbito de las Ciencias Sociales.
- Patrimonio, arte y educación: problemas y métodos.
- Enseñanza y aprendizaje de las Ciencias Sociales y la Educación para la Ciudadanía.
- Pensamiento crítico en la sociedad digital: educación mediática y entretenimiento.


En la inauguración ha participado la decana de la facultad de Educación, la Dra. R. Boix, el director del IDP (ICE, Dr. Xavier Triado y el director del Simposio y IP del grupo DHIGECS, el Dr. Joaquim Prats.








Han formado parte de comité organizador, entre otras personas: Concha Fuentes, Isidora Isi Saez Alba Ambrós, Elvira Barriga, Dani Hurtado, Tania Tània Martínez Gil, Laia Coma, Ila RoskaJudit S CodNayra Llonch Molina y Segio Villanueva. La secretaria ha estado formada por Marina Sánchez, Pau Margui y Nieves Vargas



Para mayor información sobre el acontecimiento puede visitar el web oficial del simposio: www.ub.edu/ixsimposiodcs






domingo, 29 de septiembre de 2019

LA PELÍCULA DE AMENÁBAR FALSEA LOS HECHOS DEL 12 DE OCTUBRE DE 1936 EN LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA



LA PELÍCULA DE AMENÁBAR, "MIENTRAS DURE LA GUERRA",  FALSEA  LOS HECHOS DEL 12 DE OCTUBRE DE 1936 EN LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Ayer vi la película de Amenábar sobre Miguel de Unamuno. (“Mientras dure la guerra”). Independientemente de su valor fílmico y de la excelente actuación de los actores, especialmente de los que representan a Unamuno, Franco y Millán Astray, hay que señalar que el asesoramiento histórico es muy deficiente.



Los hechos que se relatan están muy escorados a problemáticas actuales y algunos, como los ocurridos el día de la Raza en paraninfo de la Universidad de la que era rector no solo no son exactos  sino que todo apunta a que no sucedieron como se relata. Allí, según la película, Unamuno de dijo aquello de “venceréis porque tenéis la fuerza bruta pero no convenceréis”. Y Millán respondió “Viva la muerte, abajo la inteligencia”. 

Pero el enfrentamiento no se debió a las supuestas palabras que han trascendido, sino a otras referencias sobre temas no ligados a la Guerra Civil que hizo Don Miguel. La versión que se ofrece en la película es la que elaboró seis años después de los hechos (1941) el profesor exiliado en Londres, Luis Portillo, que no estuvo presente en el acto y que tuvo noticias por la prensa francesa y republicana que elaboraron la noticia de oídas. Escribió un relato literario para la revista británica Horizon en el que reproducía el supuesto discurso de Unamuno en un paraninfo exaltado con un final en el que se llegaron a desenfundar pistolas. Hugh Thomas reprodujo en su libro esta versión y ello fue el inicio del éxito de esta descripción del hecho. El texto que escuchamos en el film es el que se reproduce en la edición del libro “La Guerra Civil Española” de ese autor publicado por Ruedo Ibérico en 1961 (cap. 42). También apoyan esta versión dos hispanistas franceses que han escrito una biografía de nuestro gran autor: Colette y Jean-Claude Rabaté  En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil, Madrid, Marcial Pons, 2018.

Seguramente Portillo elaboró este relato para acercar a Don Miguel a la causa de la República, dado que este profesor había conocido y admiraba a nuestro hombre que era un intelectual conocido en Inglaterra, lugar donde residía por aquellos días Portillo. 

En realidad, es imposible reconstruir las palabras de Unamuno porque, aunque el acto se retransmitió por la radio, el rector habló sin micrófono y no se registró su intervención, por lo que es imposible conservar un discurso de esa longitud con los posibles testimonios presenciales. Pero es que, además, los testigos no explican así lo ocurrido. Los tres testimonios presenciales publicados son los de Eugenio Vegas Latapié, dirigente de Renovación Española; el de José Pérez-López Villamil, psiquiatra de Millán Astray, y el de Esteban Madruga, vicerrector con Unamuno.

¿Cuál fue el incidente? La versión más documentada es la del historiador Severiano Delgado, en un trabajo titulado: “Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca” (Mayo de 2018)

¿Qué explica el historiador Delgado?  El incidente, que sí que existió, lo creó Unamuno al citar elogiosamente al líder de la independencia filipina José Rizal en un acto, el 12 de octubre, día de la Raza. Ello provocó la ira de Millan Astray, veterano de aquella guerra, que gritó “Muera la intelectualidad traidora”. Hubo un tumulto de voces, y el profesor Bermejo dijo en voz alta: “Aquí estamos en la casa de la inteligencia”. No hubo réplica ni solemnidad y el acto se disolvió con algunos gritos de militares que abuchearon a Unamuno hasta el automóvil, donde fue despedido por Millán Astray y el arzobispo Enrique Plá y Deniel.

Se ha exagerado el dramatismo de lo que sucedió allí. Una posible prueba de que Unamuno no lo vivió como algo trascendente fue que, al terminar, siguió su rutina diaria y apareció por el casino para tomar café después de comer, como hacia siempre. Allí, algunos contertulios le insultaron produciéndose una situación tirante, hasta que su hijo Rafael, avisado telefónicamente por alguien, se presentó en el casino para proteger a su padre y llevarlo a casa. Es cierto que la posición de Unamuno tuvo consecuencias ya que fue cesado como concejal del ayuntamiento de Salamanca y, días después,  como rector.



También es discutible el contenido de la entrevista de Unamuno con Franco basada en un relato de un periodista francés en noviembre de ese año. Aquí si que  la versión del director es libre, ya que lo que se habló no es conocido con un nivel mínimo de fiabilidad. Mucho menos probable es la destacada influencia de Millán Astray en las reuniones de la Junta Militar, o la decisión personal de Franco del cambio de bandera. Según mi opinión, estas son cuestiones menores que se deben a la creatividad de los guionistas.

Considero que Amenábar no ha hecho bien su trabajo de asesoramiento histórico o bien que eha elaborado una historia interesado en el efectismo dramático de la escena final de su película. Pero claro, es una pelicula comercial que se puede permitir lo que quiera en su relato. Lo malo es que pretende tener visos de fiabilidad histórica según las declaraciones del director.

Lo dicho ni empequeñece ni afecta la gran consideración que hay que tener por el gran poeta, novelista y pensador que fue Miguel de Unamuno. Nunca estuve de acuerdo con Joan Fuster cuando nos decía que Unamuno era la Conchita Piquer de las letras españolas. 

viernes, 1 de junio de 2018

¡POR FIN!, CAYÓ EL GOBIERNO DEL PARTIDO POPULAR…QUE CUNDA EL EJEMPLO





¡POR FIN! CAYÓ EL GOBIERNO DEL PARTIDO POPULAR…QUE CUNDA EL EJEMPLO




Muy buena noticia la caída del gobierno del PP. Los demócratas debemos estar satisfechos que a través de una moción de censura que prevé la Constitución, pueda sustituirse un gobierno como el de Mariano Rajoy hasta el momento apoyado por el PP, Ciudadanos y el PNV. Aunque la sentencia del caso Gürtel no condena directamente a ningún miembro de ese gobierno, sino a responsables de la época de Aznar, es cierto que tanto Rajoy como otros miembros del ejecutivo (Cospedal por lo menos) tienen responsabilidades políticas en este caso. Es también buena noticia la independencia del poder judicial que, por cierto, ya tiene condenados a varios excargos del Partido Popular procedentes de otras causas… ¡y las que vendrán! Por ello, aquellos que opinaban que existía un control del poder ejecutivo sobre el poder judicial deberán hablar con mayor rigor en el futuro.

Sorprende que, en un asunto similar, el llamado caso Palau, en el que también fue condenado el tesorero de Convergencia Democrática  y la sentencia fuese más clara respecto a la responsabilidad partido gobernante en Cataluña no se haya reaccionado políticamente de la misma forma. El Sr. Iceta ha demostrado una ineptitud a la que nos tiene acostumbrados y la Sra. Arrimadas exactamente igual. Lo que sorprende es que Esquerra (ERC) continuara apoyando y respaldando a un partido como Convergencia (llamado PDECAT y, últimamente, Junts per Catalunya) con sentencias, como la citada, que demuestran que ha existido una trama de corrupción de los gobiernos del Sr. Pujol, en los que Artur Mas tuvo cargos relevantes. Posiblemente esta trama convergente se verá confirmada e incrementada con otras causas abiertas, especialmente la llamada del 3% .

Los demócratas que sentimos repugnancia por la corrupción debemos celebrar la caída del gobierno del PP y que se exijan responsabilidades, además de las penales a los directamente implicados en la trama corrupta, a los políticos que las toleraron. Esperemos también que ocurra lo mismo en Cataluña, en Andalucía, en Valencia  (y otros lugares), donde hay causas abiertas que hacen pensar en corrupción sistémica de los partidos gobernantes.




PER FI: HA CAIGUT EL GOVERN DEL PARTIT POPULAR…QUE CONDEIXI L'EXEMPLE




PER FI: HA CAIGUT EL GOVERN DEL PARTIT POPULAR…QUE CONDEIXI L'EXEMPLE



Molt bona notícia la caiguda del govern del PP. Els demòcrates hem d'estar satisfets que a través d'una moció de censura que preveu la Constitució, pugui substituir-se un govern com el de Mariano Rajoy fins al moment recolzat pel PP, Ciutadans i el PNB. Encara que la sentència del cas Gürtel no condemna directament a cap membre d'aquest govern, sinó a responsables de l'època d'Aznar, és cert que tant Rajoy com altres membres de l'executiu (Cospedal almenys) tenen responsabilitats polítiques en aquest cas. És també bona notícia la independència del poder judicial que, per cert, ja té condemnats a diversos càrrecs  del Partit Popular procedents d'altres causes… i les que vindran! Per aquesta raó, aquells que opinaven que existia un control del poder executiu sobre el poder judicial hauran de parlar amb major rigor en el futur.




Sorprèn que, en un assumpte similar, l'anomenat cas Palau, en el que va ser condemnat el tresorer de Convergència Democràtica i la sentència fou més clara respecte a la responsabilitat del partit governant a Catalunya, no s'hagi reaccionat políticament de la mateixa forma. El Sr. Iceta ha demostrat una ineptitud a la que ja ens té acostumats i la Sra. Arrimades exactament igual. El que sorprèn és que Esquerra (ERC) continuï recolzant a un partit com a Convergència (anomenat PDECAT i, últimament, Junts per Catalunya) amb sentències, com l’esmentada, que demostren que ha existit una trama de corrupció dels governs del Sr. Pujol, en els quals Artur Mas va ocupar conselleries rellevants. Possiblement aquesta trama convergent es veurà confirmada i incrementada amb altres causes obertes, especialment l’anomenada del 3% .


Els demòcrates que sentim repugnància per la corrupció hem de celebrar la caiguda del govern del PP i que s'exigeixin responsabilitats, a més de les penals als directament implicats en la trama corrupta, als polítics que les van tolerar. Esperem també que passi el mateix a Catalunya, a Andalusia, a València (i altres llocs), on hi ha causes obertes que fan pensar en corrupció sistèmica dels partits governants.



sábado, 5 de mayo de 2018

Elogio de Marx, por Terry Eagleton


Elogio de Marx, por Terry Eagleton

 Terry Eagleton [1] publicado en The Chronicle Of Higher Education 

Alabar a Karl Marx puede parecer tan perverso como dedicarle una   palabra amable al estrangulador de Boston. ¿No eran las ideas de Marx responsables de despotismo,  asesinato en masa, campos de trabajo, catástrofe económica y pérdida de libertad para millones de hombres y mujeres? ¿No fue uno de sus devotos discípulos un campesino georgiano paranoide de nombre Stalin, y no hubo otro que fue un brutal dictador chino que bien puede haber teñido sus manos con la sangre de unos 30 millones de personas?
La verdad es que Marx no fue más responsable de la opresión monstruosa del mundo comunista de lo que lo fue Jesús de la Inquisición. Por un lado, Marx habría despreciado la idea de que el socialismo pudiera echar raíces en sociedades atrasadas, de una pobreza desesperada y crónica, como Rusia y China. Si así fuera, entonces el resultado sería simplemente lo que él llamó “la escasez generalizada”, lo que quiere decir que todo el mundo estaría privado, no sólo los pobres. Esto significaría volver a “toda la porquería anterior” -o, con una traducción menos fina, a “la mierda de siempre”.  El marxismo es una teoría de cómo las adineradas naciones capitalistas podrían utilizar sus inmensos recursos para lograr la justicia y la prosperidad para sus pueblos. No es un programa por el cual naciones carentes de recursos materiales, de una cultura cívica floreciente, de un patrimonio democrático, de una tecnología bien desarrollada, de  tradiciones liberales ilustradas y de una mano de obra educada y cualificada puedan catapultarse a sí mismas a la era moderna.
(…) de otra parte, este desarrollo de las fuerzas productivas (que entraña ya, al misma tiempo, una existencia empírica dada en un plano histórico-universal, y no en la existencia puramente local de los hombres) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior. 
Karl Marx, La ideología alemana.

Marx sin duda quería ver prosperar la justicia y la prosperidad en tales lugares. Escribió con rabia y con elocuencia acerca de varias de las oprimidas colonias de Gran Bretaña, y no menos de Irlanda y de la India. Y el movimiento político que su trabajo puso en marcha ha hecho más para ayudar a las naciones pequeñas a deshacerse de sus amos imperialistas que cualquier otra corriente política. Sin embargo, Marx no era tan incauto como para imaginar que el socialismo se pudiera construir en esos países sin que las naciones más avanzadas les prestaran su ayuda. Y eso significaba que la gente común de los países avanzados tenían que arrancar los medios de producción de manos de sus gobernantes y ponerlos al servicio de los condenados de la tierra. Si esto hubiera sucedido en la Irlanda del siglo XIX, no habría habido el hambre que envió a un millón de hombres y mujeres a la tumba y a otros dos o tres millones hasta los confines de la tierra.
Hay un sentido en el que el conjunto de los escritos de Marx se pueden resumir en varias preguntas embarazosas: ¿Por qué el Occidente capitalista ha acumulado más recursos de los que jamás hemos visto en la historia humana y, sin embargo, parece incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad? ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parecen ir de la mano con la miseria pública? ¿Es, como sugieren los reformistas liberales de buen corazón, que no hemos conseguido eliminar estas bolsas de miseria humana, pero que lo haremos con el paso del tiempo? ¿O es más plausible sostener que hay algo en la naturaleza del capitalismo que genera  privación y desigualdad, tan cierto como que Charlie Sheen genera chismes?
Marx fue el primer pensador en hablar en esos términos. Este desarrapado exiliado judío, un hombre que una vez comentó que nadie había escrito tanto sobre el dinero y tenía tan poco, nos legó el lenguaje con el que el sistema en que vivimos puede ser entendido como un todo. Sus contradicciones fueron analizadas, su dinámica interior dejada al descubierto, sus orígenes históricos examinados  y su potencial caída anunciada. Esto no quiere decir que Marx considerara al capitalismo simplemente como una Mala Cosa, como admirar a Sarah Palin o echar el humo del tabaco a la cara de los niños. Por el contrario, era extravagante en su alabanza de la clase que lo creó, un hecho que tanto sus críticos como sus discípulos han disimulado convenientemente. No hay sistema social en la historia, escribió, que haya demostrado ser tan revolucionario. En un puñado de siglos, las burguesías (middle classes) capitalistas habían borrado de la faz de la tierra casi todo el rastro de sus enemigos feudales. Habían acumulado tesoros materiales y culturales, inventado los derechos humanos, emancipado a los esclavos, derrocado a los autócratas, desmantelado los imperios, lucharon y murieron por la libertad humana, y sentaron las bases de una civilización verdaderamente global. Ningún documento prodiga elogios tales como ese histórico y poderoso logro que es El Manifiesto Comunista , ni siquiera elWall Street Journal. [2]
Eso, sin embargo, fue sólo una parte de la historia. Hay quienes ven la historia moderna como un relato apasionante de progreso, y quienes lo ven como una larga pesadilla. Marx, con su perversidad habitual, pensó que era ambas cosas. Cada avance de la civilización ha traído consigo nuevas posibilidades de  barbarie. Los lemas de la gran revolución burguesa (middle-class), “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, fueron también sus consignas. Él simplemente se preguntó por qué esas ideas no podrían ponerse en práctica sin violencia, pobreza y explotación. El capitalismo había desarrollado energías y capacidades humanas más allá de toda medida anterior. Sin embargo, no había utilizado esas capacidades para hacer que los hombres y mujeres se  liberaran de la fatiga inútil. Por el contrario, se los había forzado a trabajar más duro que nunca. En las civilizaciones más ricas de la tierra se padecía tanto como en sus antepasadas ​​del Neolítico.
Esto, consideraba Marx, no era debido a la escasez natural. Se debía a la forma peculiarmente contradictoria en la que el sistema capitalista genera sus fabulosas riquezas. Igualdad para algunos significa desigualdad de los demás, y libertad para algunos supone opresión e infelicidad para muchos. La voracidad del sistema a la búsqueda de poder y beneficio había convertido las naciones extranjeras en colonias esclavizadas, y a los seres humanos en juguetes de las fuerzas económicas más allá de su control. Había asolado el planeta con la contaminación y la hambruna masiva, y cicatrizado con guerras atroces. Algunos críticos de de Marx señalan con razón la atrocidad de los asesinatos en masa en la Rusia y la China comunistas. No suelen recordar con idéntica indignación los crímenes genocidas del capitalismo: las hambrunas de finales del siglo XIX en Asia y África en los que murieron muchos millones de personas; la carnicería de la Primera Guerra Mundial, en la que las naciones imperialistas masacraron a sus propios trabajadores en la lucha por los recursos mundiales; y los horrores del fascismo, un régimen al que el capitalismo tiende a recurrir cuando su espalda está contra la pared. Sin el sacrificio de la Unión Soviética, entre otras naciones, el régimen nazi aún podría estar incólume.
Los marxistas alertaron de los peligros del fascismo mientras los políticos del llamado mundo libre seguían preguntándose en voz alta si Hitler era un tipo tan desagradable como lo pintaban. Casi todos los seguidores actuales de Marx rechazan las villanías de Stalin y de Mao, mientras que muchos no-marxistas seguirían defendiendo enérgicamente la destrucción de Dresde o Hiroshima. Las modernas naciones capitalistas son en su mayor parte fruto de una historia de genocidio, violencia y exterminio igual de detestables que los crímenes del comunismo. El capitalismo también fue forjado con sangre y lágrimas, y Marx estuvo allí para presenciarlo. Es sólo que el sistema ha estado funcionando  el tiempo suficiente para que la mayoría de nosotros olvidemos ese hecho.
La selectividad de la memoria política tiene algunas curiosas formas. Tomemos, por ejemplo, el 11/S. Me refiero al primer 11/S, no al segundo. Me refiero al 11/S que tuvo lugar exactamente 30 años antes de la caída del World Trade Center, cuando los Estados Unidos ayudaron a derrocar al gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende en Chile,  instalando en su lugar a un dictador odioso que asesinó muchas más personas de las que murieron en ese terrible día en Nueva York y Washington. ¿Cuántos estadounidenses son conscientes de ello? ¿Cuántas veces ha sido mencionado en Fox News? [3]
Marx no era un soñador utópico. Por el contrario, comenzó su carrera política peleando ferozmente con los utópicos soñadores que le rodeaban. Tenía tanto interés en una sociedad humana perfecta como lo pueda tener un personaje de Clint Eastwood, y nunca habló de forma tan absurda. No creía que hombres y  mujeres pudieran superar al Arcángel Gabriel en santidad. Por el contrario, creía factible que el mundo pudiera convertirse en un lugar considerablemente mejor. En eso fue un realista, no un idealista. Quienes de verdad esconden la cabeza -la moral de avestruz de este mundo-  son aquellos que niegan que no puede haber ningún cambio radical. Se comportan como si Padre de familia  y la pasta dentífrica multicolor fuera a seguir existiendo en el año 4000. Toda la historia de la humanidad refuta este punto de vista.
El cambio radical, sin duda, puede no ser para mejor. Tal vez el único socialismo que veamos  sea uno impuesto a un puñado de seres humanos que puedan escabullirse de algún holocausto nuclear o de un desastre ecológico. Marx habla incluso agriamente de la posible “mutua ruina de todos los partidos”. Un hombre que fue testigo de los horrores de la Inglaterra industrial-capitalista era poco probable que albergara presunciones idealistas acerca de sus congéneres. Todo lo que quería decir es que hay recursos más que suficientes en el planeta para resolver la mayoría de nuestros problemas materiales, así como que había comida más que suficiente en Gran Bretaña en la década de 1840 para alimentar a la hambrienta población irlandesa varias veces. Es la manera en que organizamos  la producción lo que es crucial. Notoriamente, Marx no nos proporcionó un plan sobre cómo hacer las cosas de forma diferente. Es bien sabido que  tiene poco que decir sobre el futuro. La única imagen del futuro es el fracaso del presente. No es un profeta en el sentido de mirar en una bola de cristal. Es un profeta en el sentido bíblico de alguien que nos advierte de que, a menos que cambiemos nuestras injustas maneras, es probable que el futuro sea muy desagradable. O que no haya futuro en absoluto.
El socialismo, pues, no depende de un cambio milagroso en la naturaleza humana. Algunos de los que defendieron el feudalismo contra los valores capitalistas en la Baja Edad Media predicaban que el capitalismo nunca funcionaría, ya que era contrario a la naturaleza humana. Algunos capitalistas ahora dicen lo mismo sobre el socialismo. Sin duda hay una tribu en algún lugar de la cuenca del Amazonas que cree que no puede sobrevivir un orden social donde un hombre puede casarse con la mujer de su hermano fallecido. Todos tendemos a absolutizar nuestras propias condiciones. El socialismo no ahuyentaría la rivalidad, la envidia, la agresión, la posesividad, la dominación y la competencia. El mundo todavía mantendría su ración de matones, tramposos, vividores, oportunistas y psicópatas ocasionales. Es sólo que la rivalidad, la agresión y la competencia ya no adquirirían la forma de ciertos banqueros quejándose de que sus bonos se han reducido a un unos miserables 5 millones de dólares, mientras que millones de personas en todo el mundo luchan por sobrevivir con menos de 2 dólares al día.
Marx fue un pensador profundamente moral. Habla en El Manifiesto Comunista de un mundo en el que “el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”.  Este es un ideal para guiarnos, no una condición que podamos alcanzar nunca del todo. Pero su lenguaje es sin embargo significativo. Como buen humanista romántico, Marx creía en la singularidad del individuo. La idea impregna sus escritos de principio a fin. Tenía pasión por lo sensualmente específico y aversión a las ideas abstractas, a pesar de lo ocasionalmente necesarias que pensaba que podrían ser. Su llamado materialismo está en la raíz  del cuerpo humano. Una y otra vez, habla de la sociedad justa como aquella en la que hombres y mujeres sean capaces de realizar sus poderes y capacidades distintivos en sus propias formas distintivas. Su objetivo moral es la autorrealización placentera. En esto se une a su gran mentor Aristóteles, que entiende que la moralidad trata de cómo florecer más rica y agradablemente, y no ante todo (como la edad moderna desastrosamente imagina) sobre las leyes, derechos, obligaciones y responsabilidades.
¿Cómo este objetivo moral difiere del individualismo liberal? La diferencia es que, para lograr la verdadera realización personal, Marx cree que los seres humanos deben encontrarla en los otros,  los unos a través de los otros. No es sólo una cuestión de que cada uno haga sus propias cosas aislado de los demás. Lo que ni siquiera sería posible. El otro debe ser el terreno de nuestra propia realización, al mismo tiempo que él o ella nos proporcionan nuestra misma condición. A nivel interpersonal, es lo que se conoce como amor. En el plano político, se lo conoce como socialismo. El socialismo para Marx sería simplemente cualquier conjunto de instituciones que permitieran que esta reciprocidad ocurriera en la mayor medida posible. Piénsese en la diferencia entre una empresa capitalista, en la que la mayoría trabaja para el beneficio de unos pocos, y una cooperativa socialista, en la que mi propia participación en el proyecto aumenta el bienestar de todos los demás, y viceversa. No se trata de que haya un santo auto sacrificio. El proceso está integrado en la estructura de la institución.
El objetivo de Marx es el ocio, no el trabajo. La mejor razón para ser un socialista, excepto para los pesados a los que sucede que no les gusta, es que detestas tener que trabajar. Marx pensaba que el capitalismo había desarrollado las fuerzas productivas hasta el punto de que, bajo relaciones sociales diferentes, podrían ser utilizadas para emancipar a la mayoría de hombres y mujeres de las formas más degradantes de trabajo. ¿Qué pensaba que íbamos a hacer entonces? Lo que quisiéramos. Si, como el gran socialista irlandés Oscar Wilde, optamos simplemente por estar todo el día echados, con vaporosas prendas carmesí, bebiendo absenta y leyéndonos las páginas impares de Homero uno a otro, entonces que así sea. La cuestión, sin embargo, era que este tipo de actividad libre tenía que estar disponible para todos. Nosotros ya no toleraríamos una situación en la que la minoría tuviera tiempo de ocio porque la mayoría tuviera que trabajar.
Lo que interesaba a Marx, en otras palabras, era lo que un poco engañosamente se podría llamar lo espiritual, no lo material. Si las condiciones materiales tuvieran que ser cambiadas, que lo fueran para liberarnos de la tiranía de lo económico. Él mismo era asombrosamente muy leído en literatura mundial, le encantaba el arte, la cultura y la conversación civilizada, se deleitaba con el ingenio, las comicidad y el buen humor, y una vez fue perseguido por un policía por romper una farola en el transcurso de una juerga. Era, por supuesto, ateo, pero no hay que ser religioso para ser espiritual. Fue uno de los muchos y grandes herejes judíos, y su obra está saturada de los grandes temas del judaísmo, como la justicia, la emancipación, el Día del Juicio, el reinado de paz y abundancia, la redención de los pobres.
¿Qué hay, pues, del pavoroso Día del Juicio final? ¿No preveía Marx que la humanidad requeriría una revolución sangrienta? No necesariamente. Pensaba que algunos países, como Gran Bretaña, Holanda y los Estados Unidos, podrían alcanzar el socialismo en paz. Si bien era un revolucionario, era también un vigoroso campeón de la reforma. En cualquier caso, cuando las personas dicen que se oponen a la revolución por lo general eso significa que les disgustan ciertas revoluciones, y otras no. ¿Son los estadounidenses antirrevolucionarios hostiles a la Revolución Americana como lo son a la cubana? ¿Se frotan las manos con las insurrecciones recientes de Egipto y Libia, o con las que derribaron las potencias coloniales en Asia y África? Nosotros mismos somos productos de levantamientos revolucionarios ocurridos en el pasado. Algunos procesos de reforma han sido mucho más sangrientos que algunos actos revolucionarios. Hay tantas revoluciones de terciopelo como violentas. La Revolución Bolchevique se llevó a cabo con escasas pérdidas humanas.  La Unión Soviética que engendró cayó unos 70 años más tarde, sin apenas derramamiento de sangre.
Algunos críticos de Marx rechazan una sociedad dominada por el Estado. Y así lo pensaba él. Detestaba la política de Estado tanto como le disgusta al Tea Party, aunque por razones bastante menos chuscas. ¿Fue, podrían preguntar las feministas, un patriarca victoriano? Por supuesto. Pero como algunos comentaristas (no marxistas) modernos han señalado,  fueron los hombres del mundo socialista y comunista, hasta el resurgimiento del movimiento de las mujeres en la década de 1960, los que consideraron que la cuestión de la igualdad de la mujer era vital para otras formas de liberación política. La palabra “proletariado”  se refiere a los que en la sociedad antigua eran demasiado pobres para servir al Estado con otra cosa que no fuera el fruto de su vientre. “Proletarios” significa “descendientes”. Hoy en día, en los talleres y en las pequeñas granjas del tercer mundo, el típico proletario sigue siendo una mujer.
Lo mismo ocurre con las cuestiones étnicas. En las década de 1920 y 1930, prácticamente los únicos hombres y mujeres que predicaban la igualdad racial eran comunistas. La mayoría de los movimientos anticoloniales fueron inspirados por el marxismo. El pensador anti socialista Ludwig von Mises describe el socialismo como “el movimiento de reforma más potente que la historia haya conocido jamás, la primera tendencia ideológica no limitada a una parte de la humanidad, sino respaldada por gente de todas las razas, naciones, religiones y civilizaciones”. Marx, que conocía su historia un poco mejor, podría haberle recordado a von Mises el cristianismo, pero la cuestión sigue siendo contundente. En cuanto al medio ambiente, Marx prefigura asombrosamente nuestra propia política verde. La naturaleza, y la necesidad de considerarla como aliada en lugar de antagonista, era una de sus preocupaciones constantes.
¿Por qué podría Marx volver a estar en nuestras preocupaciones? Irónicamente, la respuesta es:  por el capitalismo. Cada vez que uno oye hablar a los capitalistas sobre el capitalismo, uno sabe que el sistema tiene problemas. Por lo general, prefieren un término más anodino, como el de “libre empresa”. Las crisis financieras recientes nos han obligado una vez más a pensar la organización en la que vivimos como un todo, y fue Marx quien primero lo hizo posible. Fue El Manifiesto Comunista el que predijo que el capitalismo se convertiría en mundial, y que sus desigualdades se agudizarían gravemente. ¿Tiene su trabajo algún defecto? Cientos. Pero es un pensador demasiado creativo y original para ser reducido a los vulgares estereotipos de sus enemigos.

Notas:
[1] Terry Eagleton es un crítico literario y de la cultura. Nacido en Inglaterra, marxista, fue discípulo de Raymond Wiliamas y publica sus trabajos periodísticos en diversos medios del Reino Unido.
[2] The Wall Street Journal, el diario ultra liberal editado en el corazón del complejo financiero del Imperio, defensor a ultranza de las políticas monetaristas y especulativas responsables de la crisis mundial.
[3] Fox News, cadena televisiva en USA, propiedad del grupo Murdoch, conocida por su conservadurismo extremista y guerrerista, representante de los sectores radicalizados del Partido Republicano, como el Tea Party.

Texto original en inglés: In Praise of Marx, publicado en The Chronicle Review, el 10 de Abril de 2011
Traducción y publicación al castellano: Clionauta: Blog de Historia, de Anaclet Pons